Parece que Rajoy es el nuevo líder del PP. No resulta creíble que la renovación en la derecha española venga de la mano del hombre impuesto por Aznar que perdió dos elecciones consecutivas contra Zapatero. Al nuevo líder del PP no parece importarle mucho el rumbo del PP, sino su propio rumbo. Está dispuesto a hacer de todo con tal de seguir mandando en el PP.
El PP no ha hablado de los problemas de los españoles, sino de sus propios problemas. Y ha ofrecido un espectáculo deplorable. El pulso del congreso se ha traducido en una lucha de poder sin debate. Una lucha en la que hay ganadores y perdedores, porque Rajoy no ha querido integrar a los críticos. El del PP ha sido el congreso de las cuestiones internas, las batallas por el poder, el enfrentamiento entre el ala radical y el ala más radical del partido.
Ni una propuesta, en ninguna materia. Todo lo contrario de lo que está pasando en el PSOE, donde son constantes las propuestas que estamos haciendo para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. El único asunto que ha trascendido en los medios de comunicación los días previos al congreso del PP ha sido el relativo al agua, en el que se plantean las grandes diferencias entre el PP de Valencia, de Aragón y de Castilla La Mancha.
Rajoy es un perdedor que se presentará de nuevo a la presidencia del gobierno con un partido hostil a su líder. Ha modificado los estatutos para dejar atada y bien atada su candidatura a la presidencia del Gobierno en 2012, sin tener que someterse a unas primarias en su partido. No ganaría las primarias como no ganará las elecciones de 2012. Ni tan siquiera tiene el apoyo decidido y entusiasta de su partido. Los que consideran, entre sus propias filas, que es un líder insuficiente, son legión.
El PP no ha afrontado sus problemas, sino que simplemente los ha esquivado. El nuevo líder del PP está satisfecho porque ha sido capaz de evitar una candidatura alternativa. Ése era su único objetivo. Sin embargo, el congreso del PP se ha cerrado en falso: el descontento de un creciente sector de la derecha española con su nuevo líder no ha cicatrizado. Y pasará factura.
La principal preocupación de Camps en este congreso pasaba por derogar el código ético del PP para que en la Comunidad Valenciana no cambie nada. Resulta lamentable que el congreso popular no haya servido tampoco para depurar del partido a personas que ensucian gravemente la imagen de la clase política, como es el caso de Carlos Fabra, imputado desde hace años por numerosos delitos y que ha estafado a Hacienda. Ningún responsable de su partido le ha sugerido su dimisión. El PP no es capaz de garantizar la honestidad de sus dirigentes.
El PP no ha hablado de los problemas de los españoles, sino de sus propios problemas. Y ha ofrecido un espectáculo deplorable. El pulso del congreso se ha traducido en una lucha de poder sin debate. Una lucha en la que hay ganadores y perdedores, porque Rajoy no ha querido integrar a los críticos. El del PP ha sido el congreso de las cuestiones internas, las batallas por el poder, el enfrentamiento entre el ala radical y el ala más radical del partido.
Ni una propuesta, en ninguna materia. Todo lo contrario de lo que está pasando en el PSOE, donde son constantes las propuestas que estamos haciendo para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. El único asunto que ha trascendido en los medios de comunicación los días previos al congreso del PP ha sido el relativo al agua, en el que se plantean las grandes diferencias entre el PP de Valencia, de Aragón y de Castilla La Mancha.
Rajoy es un perdedor que se presentará de nuevo a la presidencia del gobierno con un partido hostil a su líder. Ha modificado los estatutos para dejar atada y bien atada su candidatura a la presidencia del Gobierno en 2012, sin tener que someterse a unas primarias en su partido. No ganaría las primarias como no ganará las elecciones de 2012. Ni tan siquiera tiene el apoyo decidido y entusiasta de su partido. Los que consideran, entre sus propias filas, que es un líder insuficiente, son legión.
El PP no ha afrontado sus problemas, sino que simplemente los ha esquivado. El nuevo líder del PP está satisfecho porque ha sido capaz de evitar una candidatura alternativa. Ése era su único objetivo. Sin embargo, el congreso del PP se ha cerrado en falso: el descontento de un creciente sector de la derecha española con su nuevo líder no ha cicatrizado. Y pasará factura.
La principal preocupación de Camps en este congreso pasaba por derogar el código ético del PP para que en la Comunidad Valenciana no cambie nada. Resulta lamentable que el congreso popular no haya servido tampoco para depurar del partido a personas que ensucian gravemente la imagen de la clase política, como es el caso de Carlos Fabra, imputado desde hace años por numerosos delitos y que ha estafado a Hacienda. Ningún responsable de su partido le ha sugerido su dimisión. El PP no es capaz de garantizar la honestidad de sus dirigentes.